12/27/2004

Articulos 2004

Bajo sospecha: Acuerdo para incinerar llantas.
Javier Valero Flores. Diario de Chihuahua, 12 septiembre 2004.

“La materia ni se crea, ni se destruye, solamente se transforma”. Ley tan elemental, que debieron aprender en la secundaria, parecieran desconocerla los funcionarios de los tres niveles de gobierno que aprobaron el más reciente de los programas “ecológicos” en Juárez: La utilización de llantas como combustible para la elaboración de cemento, mediante un “brillantísimo” mecanismo aprobado por unanimidad en el cabildo del antiguo Paso del Norte.

Como si el fuego desapareciera a la materia, los funcionarios nos espetan que con la incineración de las llantas en los hornos de las plantas cementeras no habrá contaminantes. No se van a ver las gruesas e inmensas nubes de humo negro, pero de que se producirán contaminantes no debe haber duda alguna.

No tiene pierde. A unas horas de entregar la administración municipal, los regidores y el alcalde Jesús Alfredo Delgado, tuvieron la ocurrencia de pactar con la empresa Cementos de Chihuahua, con la venia del Secretario del Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT), Alberto Cárdenas Jiménez, ¡Pagarle, con recursos del municipio! 3.50 pesos por cada llanta usada como combustible por la empresa en su planta de Samalayuca. Así, a través de este novedoso mecanismo, la empresa más importante de la entidad, de golpe y porrazo, se convierte en la más fiel “defensora” de la preservación del medio ambiente, y se ahorrará, en la compra de combustible, según cálculos de organizaciones ambientalistas fronterizas, algo así como 24 millones de pesos al año.

Tal acuerdo fue impugnado por la principal y más grande organización ambientalista del mundo, la poderosa Greenpeace. La denuncia fue presentada por 94 organizaciones nacionales, 34 académicos y 109 grupos ciudadanos de 29 países y fue admitida por la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente, ya que, según los denunciantes, la incineración de llantas representa un grave riesgo para el medio ambiente y la salud pública. "Nos preocupa el impacto sobre el ambiente y sobre la salud que esta decisión tendrá; de hecho, los hornos de cemento en los que se incineran llantas como combustible alterno han demostrado producir mayores emisiones de dioxinas, mercurio, hidrocarburos poliaromáticos y metales pesados como plomo, zinc, níquel y vanadio, que las cementeras que usan carbón o gas como combustible", afirmó Alejandro Calvillo, director de Greenpeace México, y exigieron la detención de la quema de llantas usadas en hornos de cemento en la región fronteriza; la anulación del convenio establecido entre la Semarnat y la Cámara Nacional del Cemento para quemar llantas y residuos peligrosos en cementeras; la promoción de la producción limpia en esta industria; y obligar a que los fabricantes de llantas asuman la responsabilidad por sus productos durante todo el ciclo de vida, incluso cuando entran en desuso, así como clasificar a las llantas como residuos sujetos a control en la legislación.

Las organizaciones destacaron que en vez de quemar llantas el gobierno debería promover a empresas que se dediquen al reciclaje no tóxico de llantas mediante su renovación (reencauchamiento), y al reuso para materiales de construcción, pisos y alfombras de gimnasio, asfalto, durmientes de tren, autopartes, pistas de atletismo, mangueras para riego, entre otros.

Pero unos cuantos días atrás, sorpresivamente, en una sesión del cabildo juarense en la que se puso a votación si la propuesta de resolución se votaba o no –y la oposición de algunos regidores fue porque tal dictamen ni siquiera se había discutido en la comisión de Ecología, presidida por la regidora Rosa Lardizábal- se aprobó el convenio mencionado. Que consiste, básicamente, en pagarle a la empresa Cementos de Chihuahua 3.50 pesos por cada llanta que la cementera queme en la planta de Samalayuca. La autorización es para que disponga de 800 mil llantas de desecho al año, acumuladas en el centro de acopio del municipio, en sus procesos de producción, lo que implica una erogación para el municipio de aproximadamente dos millones 800 mil pesos anuales.

El colmo de la improvisación, la ignorancia y la colusión de los funcionarios panistas fue el hecho que Alberto Cárdenas Jiménez, titular de la Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT), avalara la incineración de llantas, después de “percatarse”, (¿Cómo? ¿A vuelo de pájaro? ¿Monitores en mano? ¿Cómo?) que este proceso no generará “problemas de contaminación”.

Previamente, la empresa y el ayuntamiento habían realizado pruebas para detectar contaminantes en la incineración. No los encontraron. Pero porque no los buscaron. Entre las pruebas no incluyeron, por ejemplo, la detección de Dioxinas y furonas, elementos permanentemente encontrados en las plantas cementeras que usan llantas como combustible.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) identificaron a estas sustancias como Contaminantes Orgánicos Persistentes o POPs según su acrónimo en inglés (Persistent Organic Pollutants), y determinó que deben ser eliminadas globalmente.

Cáncer, malformaciones congénitas, diabetes, daños a los sistemas hormonal, inmunológico y nervioso central, así como problemas pulmonares, entre otros desórdenes en la salud, serán algunas de las consecuencias que podría ocasionar la incineración de millones de llantas usadas en hornos de cemento, advirtieron Greenpeace y la Red de Acción sobre Plaguicidas y Alternativas en México (RAPAM), a nombre de diversas organizaciones.

Ya en 1998, El Diario, en un reportaje de Olga Aragón, informaba de los peligrosísimos agentes contaminantes producidos como resultante de la incineración de llantas. “La incineración de residuos industriales peligrosos, utilizados como combustible alterno en hornos cementeros, produce emisiones tóxicas que pueden provocar efectos crónicos graves, principalmente cáncer, pérdida de fertilidad, malformaciones genéticas y otras afectaciones en el sistema endocrino de los seres humanos”, y alertaba acerca de los proyectos de la empresa cementera que contemplaba la “utilización de todo tipo de residuos peligrosos, aceites, combustibles de desecho, líquidos residuales, solventes, telas contaminadas y otros materiales no regulados, a lo largo de la frontera”.

Así describía El Diario a las dioxinas y los furanos: “Tienen tres características que los hacen sumamente dañinos: son muy tóxicos, persistentes y bioacumulables. Pueden provocar efectos crónicos graves, como cáncer y otras afectaciones del sistema endocrino; en las mujeres son causa de endometriosis -menstruaciones tremendamente dolorosas-, repercuten en la pérdida de fertilidad, dañan el sistema inmunológico y alteran el desarrollo de los fetos en el ser humano y en animales. Son persistentes: su vida media varía de 9 a 15 años en la superficie del suelo. Se concentran en los tejidos grasos, principalmente de los seres humanos, incluidos los niños amamantados con leche también contaminada. La contaminación por dioxinas y furanos sucede no sólo por inhalación, también al consumir leche, carne, huevos y verduras porque las corrientes de aire depositan sobre el agua y el suelo estas toxinas que se van acumulando en las cosechas y en animales acuáticos y terrestres”.

Teresa Guerrero, de la Ong ‘Consultoría Técnica Comunitaria’, reiteró que el fuego no destruye ni desintoxica los metales. "Todo metal introducido al horno, tarde o temprano acaba siendo dispersado al medio ambiente a través de las emisiones al aire, las cenizas, los chorros provenientes de los equipos anticontaminantes y los productos finales que contienen cemento horneado con residuos peligrosos".

Sin embargo, para la encargada de Ecología en Juárez, la bióloga Alma Leticia Figueroa, nada de eso existe, afirma que la incineración a 1500 grados centígrados los hornos no permiten la emisión de partículas contaminantes al ambiente. “Con esa quema no hay remisiones fuera de la norma, pues el proceso permite eliminar la llanta por completo, pues ésta se incorpora por entero al cemento”. No hace falta agregar nada.

El gobierno de México firmó y ratificó el Convenio de Estocolmo sobre Contaminantes Orgánicos Persistentes, lo que le obliga a tomar medidas para reducir de manera creciente y eliminar cuando sea posible la generación de dioxinas, y las tecnologías que las producen, entre ellas la quema de residuos en hornos cementeros.
La permisividad de las autoridades federales hacia la industria cementera es tal que los estándares fijados por la norma oficial mexicana permite la emisión del doble de dioxinas autorizados en la Unión Europea, donde las mediciones se realizan cada seis meses, mientras que en México se hacen cada dos años.

Así, once plantas de Cemex ya están quemando aceites usados, llantas y otros desechos perniciosos. Lo mismo sucede en seis hornos de la cementera Apasco, en dos de la Cooperativa Cruz Azul y en uno de Portland Moctezuma; y 21 de las 29 plantas cementeras existentes en el país tienen permisos provisionales del Instituto Nacional de Ecología (INE) para usar combustible alterno elaborado con residuos riesgosos.

En 1998, debido en gran parte a la oposición ciudadana, sólo 28 de 119 plantas cementeras estadounidenses estaban usando combustible alterno, 15 habían cerrado sus operaciones y 50 decidieron no solicitar nuevos permisos.

Ya en esas fechas la empresa cementera local estaba dispuesta a utilizar combustible alterno. En una primera etapa en la planta de Samalayuca, y posteriormente en la planta de Nombre de Dios de la capital del estado. Hoy está alcanzando parte de sus metas. Ya en abril del año pasado, la directora de Ecología del Gobierno del Estado, Gloria Domínguez, anunciaba un acuerdo semejante en la ciudad de Chihuahua, lo que hace prever que se intentará concretar, sobre todo ahora con el advenimiento de una administración afín a quienes ocupan los puestos de privilegio en la empresa líder de Chihuahua.

Sin embargo, la decisión del cabildo y la empresa cementera chocará también con la opinión de los ejidatarios de Samalayuca, quienes, tradicionalmente, se han opuesto a la generación de contaminantes, razón por la que aceptaron la instalación de la planta cementera en sus predios.

Llama la atención que, según Cyrus Reed, Director del Centro de Políticas Públicas de Texas, Cementos de Chihuahua tenga una producción total en México de 1 millón 925 mil toneladas -poco más de la mitad de su producción en Estados Unidos, que asciende a 3 millones 325 mil toneladas- y no tenga autorización en el vecino país para utilizar combustibles alternos para la producción de cemento. Sólo en México tiene una autorización, la de Samalayuca.

Y si las aristas de este problema son numerosas, debemos agregarle la económica-social de los llanteros desplazados por el municipio, quienes durante años se encargaron de buscarle salidas al problema –claro que como un negocio- y de la noche a la mañana los gobernantes municipales deciden aprobar una medida que concita innumerables suspicacias a unos días que los panistas dejen la alcaldía de la ciudad mayor de Chihuahua.

No son las únicas consecuencias. Seguramente que con el empuje de las organizaciones ambientalistas norteamericanas crecerá la oposición, en territorio “gringo”, a la utilización de cemento producido bajo estas normas.

No será un problema fácil de resolver, Estados Unidos genera al año poco más de 280 millones de llantas, pero la peor manera es incinerarlas. Ojalá no prevalecieran los criterios mercantilistas, ojalá no estuviera presente el factor dinero en la resolución de este problema; y ojalá no sea uno de los asuntos en los que las afinidades políticas sean las determinantes del rumbo gubernamental. Las empresas cementeras nos deberán demostrar que no generan dioxinas y furonas, además de otros contaminantes como los metales pesados, y el gobierno deberá encontrar los mejores métodos para la disposición de los residuos peligrosos.

El tipo de industrialización padecida por los chihuahuenses hace que las nuevas administraciones, que con tantas buenas expectativas iniciarán en unos días, tomen como una de sus principales obligaciones la preservación del medio ambiente, la puesta en marcha de toda una investigación de las enfermedades colaterales a la industrialización contemporánea, y la instrumentación de un conjunto de medidas y programas para hacer frente a las nuevas necesidades de salud pública en Chihuahua, una de cuyas vertientes es la elevada incidencia de cáncer en la entidad. Correo electrónico: Aserto1@netscape.net.


RESPUESTA DE PAUL CONNETT AL TORONTO GLOBE AND MAIL quien publico el artículo: Bondades de los incineradores. 10 11 04

Estimado Editor:

Me sentí desilusionado al ver que a pesar de la extensión del artículo de Marcus Gee sobre el controversial tema de la incineración de basura (28 de julio), el mismo solo presentó un solo lado de la historia. No entrevistó a ningún oponente a esta práctica. Por favor, permítame ofrecer una visión diferente de esta tecnología, basada en 20 años de oposición a su instalación en Norteamérica y en 47 otros países.

Cuando el Sr. Gee alega que "En otras partes del mundo, la incineración es un método de disposición de basura popular y nada controversial" y ofrece como ejemplos a EEUU, Alemania, Japón, Francia y Suecia, se aleja de la realidad. Desde 1985, la gente ha rechazado más de 300 propuestas de instalación de incineradores de basura en EEUU, y en 8 años no se ha construido ningún establecimiento nuevo de ningún tamaño. En Alemania, donde probablemente los incineradores se manejen mejor que en cualquier otra parte del mundo, sólo han construido unos pocos incineradores desde los ´80. A principios de los ´90 había más de 500 grupos ciudadanos oponiéndose a la incineración en Bavaria, más de 1 millón de ciudadanos fueron a sus municipalidades en 1991 para pedir la votación de una nueva ley sobre basura (Das Bessere Mullkoncept) que en esencia hubiera prohibido los incineradores por completo. Si bien los incineradores son muy populares en Japón entre las autoridades gubernamentales (tienen tres veces más incineradores que el resto del mundo junto) la gente está menos entusiasmada, especialmente cuando se enteran que Japón es el emisor número 1 de dioxinas en el mundo. Hay un movimiento muy fuerte contra la incineración en Francia, conducido por el grupo CNIID, en parte porque han encontrado altos niveles de dioxinas en leche de vacas en lugares cercanos a varios establecimientos, así como elevados índices de cáncer y malformaciones congénitas. Recientemente autoridades del pueblo Albertsville fueron llevadas a prisión por el rol que jugaron al permitir que un incinerador contamine ampliamente con dioxinas las granjas cercanas. Con respecto a Suecia, si bien están orgullosos de su tecnología, también encuentran dificultades para encontrar sitios para plantas nuevas y en 1986 una autoridad de medio ambiente de Suecia me dijo que estuvieron a punto de prohibir la incineración completamente debido a la oposición pública a esta tecnología.

Sin duda la industria incineradora ha mejorado sus operaciones, pero lo han hecho sobre la marcha, utilizando a los habitantes locales como conejillos de indias. Considerando lo que hemos descubierto en los últimos 20 años sobre las emisiones al aire es poco probable que el tema quede cerrado con las dioxinas. Por ejemplo, las dioxinas y los furanos son subproductos clorados; más recientemente se ha llamado la atención sobre los subproductos que se generan cuando se queman materiales bromados y fluorados (por ejemplo, éteres de bifenilos polibromados (PBDE) y el ácido perfluorooctanoico (PFOA)). Apenas hemos comenzado a medirlos, ni siquiera a comprender todas sus ramificaciones toxicológicas.

Además, mencionar las estrictas regulaciones gubernamentales no satisfará a un público sospechoso que adhiere al viejo refrán "quien se quema con leche, cuando ve una vaca llora". Saben que para proteger a la gente se necesitan tres cosas: 1) regulaciones estrictas; 2) monitoreo adecuado y 3) fuerte control de que se cumplan las obligaciones. Habiendo cortado los recursos y el personal del Ministerio de Medio Ambiente de Ontario, es poco probable que el control sea riguroso en un futuro cercano. En lo que al monitoreo refiere, esto es una broma desquiciada. Las emisiones de los incineradores modernos con frecuencia se miden sólo una vez por año, y el operador está avisado con alrededor de un mes de anterioridad. En el día elegido, se toman tres muestras de seis horas de los gases de escape. Los resultados luego se promedian. Por ende se usan solo 18 horas de datos "ideales" para extrapolar y calcular 8000 horas de operación. Esto no tiene sentido ni desde el punto de vista estadístico ni desde el físico. De hecho, en 1998 dos científicos belgas reportaron al Simposio sobre dioxinas en Estocolmo que habían comparado la tradicional prueba de seis horas con un método de muestreo de dos semanas y encontraron que las concentraciones de dioxinas en los gases de escape proyectadas por el último eran 30-50 veces mayores. Esto probablemente se debió a que el muestreo de dos semanas recogió dioxinas en condiciones irregulares y durante los momentos de encendido y apagado, cuando las emisiones de dioxinas aumentan.

Lo más relevante de este asunto es que a pesar de que la metodología de muestreo de dos semanas (el sistema AMESA) ahora se encuentra comercialmente disponible, y por ende se podrían tomar veintiseis muestras de dos semanas a lo largo de todo el año, prácticamente ningún operador de incineradores ha optado por usar esta metodología para convencer a la gente que realmente pueden cumplir con los estándares en un período prolongado de tiempo. Si ellos no confían en su tecnología ¿por qué habría de hacerlo la gente?

Cuando Gee describe a las dioxinas y furanos como sustancias "que se pueden "bioacumular" en el tejido humano con el tiempo" apenas hace justicia a las preocupaciones científicas sobre estos problemáticos químicos. Se acumulan de hecho en nuestras grasas. Para el hombre se acumulan de manera fija durante toda la vida, pero la mujer tiene la capacidad de deshacerse de ellas. Se llama tener un hijo. A lo largo de los nueve meses de embarazo las dioxinas, que se han concentrado en su cuerpo por más de veinte años, cruzan la membrana placentaria y se trasladan al feto. Por ende las más altas dosis de dioxinas inevitablemente pasan a los más frágiles y vulnerables seres humanos.

Ahora mismo en los países industrializados tenemos demasiadas dioxinas en nuestros alimentos (increiblemente, en un día de pastoreo una vaca pone la misma cantidad de dioxinas en su cuerpo que la que pone un ser humano respirando 14 años el mismo aire) en nuestros cuerpos y en nuestos bebés. Tal es así que el Instituto de Medicina el año pasado (NY Times, 1 julio, 2003) recomendó a los padres incentivar a sus niñas jóvenes a comer menos grasa animal y a cambiar la leche entera por leche descremada. Su argumento era que las dioxinas deberían ser evitadas mucho antes que se llegue al embarazo.

Uno de los precios que se paga por un mejor control de la contaminación aérea es que más metales pesados y dioxinas van a parar a las cenizas. A pesar de la esperanza expresada por el operador del incinerador de Peel, que se encontrarán usos para las cenizas, él no ha sido capaz de nombrar una empresa en Norteamérica que haya creado un negocio viable con tales usos. El hecho es que los incineradores modernos convierten tres toneladas de basura en una tonelada de cenizas que nadie quiere. La noción que esta es una buena forma de generar electricidad también es engañosa. Se genera muy poca electricidad quemando la basura. De hecho, se podría ahorrar alrededor de 4 veces más energía reutilizando, reciclando o compostando los mismos materiales que se queman en un incinerador. Cuando se quema algo hay que reemplazarlo extrayendo materiales vírgenes: aquí es donde se usa la energía y se genera la mayor contribución al calentamiento global.

Por eso, aunque se logre hacer segura a la incineración, nunca será sensata. Simplemente no tiene sentido gastar tanto dinero destruyendo recursos que deberíamos compartir con el futuro. El error que cometió Gee fue limitar su comparación a incineración y disposición de residuos en rellenos sanitarios. Hubiera sido más util a sus lectores si hubiera comparado ciudades con incineradores con otras como Halifax, Nueva Escocia; Canberra, Australia y San Francisco, California, que se encuentran garantizando un gran desvío de los rellenos sin recurrir a la mágica máquina de la incineración. Avanzando hacia una meta de "basura cero" están llevando a sus comunidades al siglo veintiuno, y no de vuelta al diecinueve. Esto no solo es mejor para el medio ambiente local y global, sino que es mucho mejor para la economía local, porque se crean muchos más puestos de trabajo. En Nueva Escocia han creado más de 3000 puestos de trabajo con su programa. Finalmente, nuestra tarea no es encontrar tecnologías que se deshagan de los residuos, sino conducir nuestras tecnologías de producción a que fabriquen productos que no generen basura en primer lugar. Necesitamos sacar a la "basura" del sistema. Esto no sucederá si continuamos permitiendo que carísimo baños se deshagan de cualquier tonto producto y envase derrochador que la industria imagine.
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